APÉNDICES - LO QUE NOS DUELE DE ESPAÑA, CON EJEMPLO CONCRETO DE UN INADMISIBLE OLVIDO
Lo que nos duele de España, con el ejemplo concreto de un inadmisible olvido.
Lo que nos duele España, acompañando a Unamuno con su profunda confesión: ¡Me duele España, pero sin caer en el catastrofismo de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía si un tiempo fuertes, ya desmoronados de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía.
No cabe duda de que estamos viviendo unos momentos de intranquilidad, villanía, de corrupción, de traición y de falta de valores, que a todos los españoles que queremos a nuestra Patria como unidad de destino nos preocupa verla así sin rumbo desmoronándose, mientras unos se enriquecen y otros bostezan, sin poner remedio a tamaña desmesura. ¿On ets Espanya no et veig enlloc?, decía Maragall, cuando España se tambaleaba. No queremos hacer coro a Maragall en ese lamento de despedida a España, nos negamos a ello porque defendemos nuestra Patria Inmortal y nos negamos a que se tambalee.
Queremos expresar lo que nos duele del momento actual de nuestra querida España, deseando a tenor de lo que decimos, que ese sentimiento y preocupación por nuestra Patria se imprima indeleblemente como una impronta en la mente de los lectores con la imagen de nuestra Nación, que está en grave peligro de perder su tradicional identidad, y de que se suscite el convencimiento en los lectores de que sólo puede ésta salvarse si se mantienen vivos todos los valores y virtudes patrios, morales, materiales y de toda índole, que siempre han acrisolado a los españoles.
Como en cualquier nación culta y civilizada, los ciudadanos deben amar a su Patria y entregarse a ella, cuando las circunstancias así lo exijan. El amor a la Patria se fundamenta en la caridad que es amor y un principio cristiano. Los españoles debemos actuar respecto a la Patria con honestidad y honradez en relación con el bien común que ella representa y que en este caso es el de todos los españoles. La búsqueda de ese bien común y de la convivencia política pacífica deben ser fines prioritarios en el desarrollo de la vida española.
Creo que esa inquietud la sentimos no sólo los militares sino todos los españoles bien nacidos, que nos duele la ausencia de amor a la Patria que observamos en el entorno que nos rodea, y sentimos envidia y a la vez vergüenza propia como en otros países civilizados se cultiva con atención y cariño el culto a la Patria, mientras nosotros no ponemos el máximo empeño en ello.
Estos días hemos visto las emotivas manifestaciones en la Federación Rusa conmemorando el septuagésimo aniversario de su victoria en la Gran Guerra Patria (Великая Отечественная войнa), vimos también el homenaje del Embajador español al soldado ruso desconocido en Berlín y hace unos días vimos el homenaje del mismo Embajador en la Capilla rusa en Moscú a los pocos españoles muertos luchando con el Ejército soviético ruso (Советская армия России) en la 2ª Guerra Mundial y también la Casa de los antiguos niños españoles en Moscú. Esa reconciliación política con Rusia y la confraternización con esos “niños” (octogenarios y nonagenarios) españoles, la encuentro muy plausible en cuanto significa la reconciliación y hermanamiento de los españoles que sufrieron exilio con el resto de los españoles, todo ello como consecuencia de una guerra fratricida; reconciliación que siempre hemos preconizado, pese al intento de algunos de reavivar el rescoldo del odio y de evitar se restañen las heridas de esa guerra entre hermanos.
La nefanda Ley de Memoria histórica es un oxímoron, es decir lo que en lógica y en Derecho se define como una “Contradictio in terminis”, por muchas razones en las que aquí no nos vamos a extender, pero sí podemos afirmar que es una aberración legal, que no se puede condenar a un régimen sin antes haber condenado a los supuestos culpables y sin una ley previa, anterior a lo supuestos delitos, que no existió. Además la historia como narración de unos hechos no puede ser objeto de ninguna legislación.
Dicha ley de remembranza histórica (LMH) ha hecho mucho daño a los Ejércitos de España, a su Tradición y a sus Valores. Sólo vamos a citar un ejemplo el de los voluntarios y héroes de la División Azul caídos en Rusia, oficialmente olvidados y supuestamente olvidados por esa ominosa ley.
Antes relataremos un hecho: Tras la conquista por la Wermacht de Nóvgorod, la cruz de la Catedral de Santa Sofía de dicha ciudad fue llevada a España por miembros de la División Azul para salvarla de los bolcheviques, y fue devuelta a dicha catedral por veteranos de la mencionada División española, volviendo a colocarse en su domo dorado en el año 2004.
En total, unos 47.000 soldados sirvieron en la División Azul en Rusia. Entre 4.500 y 5.000 de ellos encontraron la muerte, y más de 8.000 fueron heridos. 321 fueron hechos prisioneros de guerra por el ejército soviético, y los últimos fueron repatriados a España en 1954
Del mantenimiento de los cementerios (4) de los caídos de la División se encarga la empresa alemana "Volksbund" .Se han recuperado ya 1.162 cadáveres de soldados españoles. El objetivo es enterrarlos a todos en una misma zona dentro del cementerio alemán de Pankovka.
Publicado 27/08/2011 en División Azul
Probablemente a muy pocos diga algo el nombre de Pankovka. Se trata de un pequeño remanso de paz situado a las afueras de la ciudad rusa de Novgorod. Al margen de la carretera, tras una profunda vaguada salvada por un puente, el viajero vislumbra una planicie con una pequeña curvatura central coronada por una Cruz rodeada de pétreas estelas. En ellas, grabados en la piedra se pueden leer centenas de nombres tallados para hacer perdurar su recuerdo en el tiempo. Al pasar la verja se abre un espacio en el que ahora se imponen las tonalidades intensamente verdes del agosto ruso que se alternan con el blanco invernal usual en aquellas latitudes. Ahora, la hierba está perfectamente cortada y cada cierto tiempo tres cruces de piedra, que difícilmente alcanzan los cincuenta centímetros, rompen el paisaje prolongado aquel viejo “Dios con nosotros” que figuraba grabado en las hebillas de sus cinturones.
No está lejos la carretera pero, sorprendentemente, su ruidoso discurrir es vencido por el manto del silencio que impone la imagen, el significado del lugar y las caprichosas formas, un tanto etéreas, de las nubes tamizadas por los tonos azules del cielo, capaces de crear increíbles contraluces. Los visitantes más musitan que hablan mientras buscan el lugar donde reposan los deudos propios o a los que, simplemente, como muchos de nosotros, se sienten sentimentalmente unidos. Allí, en aquel lugar en el que se siente el aroma de la paz eterna, reposan miles de hombres: los soldados alemanes que combatieron en la zona del río Wolchow durante la II Guerra Mundial y entre ellos un puñado de españoles.
Pankovka no es Arlington o Normandía, no se ha buscado impresionar al visitante, se prefiere la oración a la impresión alejándose del alineamiento perfecto de pequeñas estelas blancas que tantas veces hemos visto. Prácticamente no hay, como en otros cementerios, lápidas individuales que subrayen el lugar donde, en una pequeña caja, se han depositado, tras arrancarlos del fango y el olvido, los restos de los combatientes. Nobilísima tarea que afronta, muchas veces con más entusiasmo y sacrificio que medios, la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfursorge e.V. (Federación del Pueblo Alemán para la Conservación de las Tumbas de sus Caídos en la Guerra.)
Probablemente, en unas décadas, la ciudad en su expansión acabará rodeando con su inmensidad aquel lugar lejano, pero estoy seguro que continuará siendo ese remanso de paz que invitan a los que franqueen sus rejas a recordar, a pasear en silencio, a musitar una oración, a dejarse llevar por el sentido del sacrificio…
Pankovka es un enclave que invita a pensar, casi a conversar con los que allí aguardan la resurrección. Es lo que hemos hecho un puñado de españoles que, en este 70 Aniversario, no queríamos que allí faltara el calor de una oración española. Porque allí, a la izquierda de la entrada, coronando una pequeña pradera con forma de pirámide truncada, se abre un semicírculo en cuya base se eleva un blanco y adusto monumento sobre el que se ha grabado una cruz y en el que se puede leer: “Españoles caídos de la División Azul”. Ante él descansan ya casi dos millares de españoles, aunque aún sus nombres no figuren en las lápidas. Estelas tumbadas con una sucesión de nombres y fechas en relieve que hablan de jóvenes caídos en la flor de la vida; jóvenes que dejaron su futuro prendido en la eternidad, porque no pudieron dar forma a sus sueños de mañana.
En Pankovka, en un cementerio lejano, reposan una parte de los cinco mil caídos de la División Azul, sólo algunos familiares han conseguido traer a España, décadas después de su muerte, los cuerpos del ser querido. Poco importa ya la distancia, porque la mayoría de ellos, por razón del discurrir del calendario, han podido reunirse en la eternidad con aquellos que un día les vieron partir y aguardaron inútilmente su regreso. En nombre de todos, de muchos que ni tan siquiera saben que ahora un familiar suyo que fue a combatir al comunismo hace setenta años reposa en aquel lugar, rezamos y depositamos unas flores. Para llegar hasta allí recorrimos unos miles de kilómetros, lo hemos hecho para cumplir, sencillamente, con el deber autoimpuesto de recordar a unos jóvenes que si bien murieron entonces nosotros hemos sabido eternizarlos en nuestro recuerdo.
No hace falta hacer comentario alguno a lo expresado en estas sentidas líneas. Nos emociona pensar en esas estelas tumbadas con los nombres de nuestros jóvenes héroes, caídos por un ideal y que dejaron su futuro prendido en la eternidad porque no pudieron dar formas a sus sueños del mañana, héroes nuestros que no fueron a combatir contra la Rusia de siempre sino contra el comunismo ateo internacional que un día quiso adueñarse de España. No los olvidamos, los tenemos muy presentes. En esa inolvidable remembranza unámonos en una sentida oración por ellos.
Manuel Martín Diéguez

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